—¿Ahora que hago? No puedo dejar que me vean aquí.
Ese sonido de tacones cada vez se acercaba más, mi corazón empezó a latir con fuerza.
Miré a Gael, perdido en sus delirios, y luego a la puerta. No podía estar allí. No en pijama, no a estas horas, no después de que él acabara diciendo que no existía nada entre nosotros.
Corrí hacia el baño con la agilidad que solo el pánico puede darte.
Me pegué a la pared, la puerta de la habitación se abría de par en par.
—¿Papá? —La voz de Tamara era suav