—¿Por qué tendría que creerte? Habla no te quedes callada que no se diga que soy injusto.
Yo permanecía aferrada a sus piernas, mis uñas largas se hundían en la tela de su costoso pantalón.
—Gael, por favor —sollocé, levantando la vista hacia él. Lo miré directo a los ojos, pero la frialdad con la que me miró me heló la sangre.
—Hay una parte de mi que todavía se niega a creerte capaz, ¿Sabes cuanto dinero me has hecho perder? ¿Cuánto te pagaron?
Dejé de llorar y me quedé inmóvil ante sus acus