—No puedo creer que dudes de mi palabra.
Me negué a soltar esas lágrimas contenidas en mis ojos. Horas atrás en ese mismo despacho él me daba besos y caricias tiernas, ahora solo recibo sus gritos.
Estaba descontrolada, por más que quisiera demostrar mi inocencia no era posible.
Mis labios y manos temblaban sin control, apreté el celular contra mi pecho.
—Entrégame el teléfono, ¿Acaso no me oíste?
No fue una petición cortesía, era una orden dictada con rabia.
Él había instalado una muralla inf