El ruido que hacía el rolo del policía de guardia contra los barrotes la alertó.
Esa mujer me soltó y yo tosía desesperada buscando aire.
—¿Quién manda aquí? Dime, gorda inmunda.
—Usted manda.
Las carcajadas se escuchaban eufóricas, les daba placer doblegar a los más débiles.
—¡Callense y duerman! —Dijo el guardia.
Ellas me quitaron la cama y me tuve que conformar con el duro suelo de cemento, esa frialdad subió por mis piernas.
Llevaba puesto un vestido de seda que Gael me había regalado la