Gael.
Con un esfuerzo grande me levanté del piso y tomé el ascensor. Grandes gotas de sudor bañaban mi frente, tecleé los botones con rabia, al llegar a la planta baja ni siquiera respondí al saludo de un empleados.
—Muévete, vamos a la mansión. ¡Rápido!
Mi chófer esperó a que me abrochara el cinturón y manejó lo más rápido que pudo.
Al llegar a la mansión me recibió mi hija Tamara, se veía muy nerviosa.
—Papá, todavía están empacando, no dejes que se vayan, pídeles perdón.
—¿Estás oyendo la