Gael.
Allí estaba ella, con las manos vacías y esa apariencia tan sencilla que la hacía ver más bella ante mis ojos.
No me moví. La observé avanzar hasta detenerse al otro lado de la mesa.
—¿Viniste a pedir clemencia por Maximiliano? Es tarde para eso. Sus accesos al sistema financiero de la empresa fueron cancelados hace dos horas.
—No vengo por la empresa, Gael —dijo ella, apoyando las manos en el borde del escritorio, inclinándose hacia mí—. Vine a decirte que eres un monstruo. Un monstruo