Arya.
Respiré profundo y me quedé mirando todo sin intervenir. El detective se plantó frente a nosotros con la destreza de un buitre que huele carroña fresca.
Traía el abrigo entreabierto, las manos metidas en los bolsillos y una libreta pequeña en la mano. El tipo creía que tenía el control. Esa patrulla a lo lejos era suficiente para doblar mis piernas.
Me miró a mí primero, con esa condescendencia machista que los hombres con placa usan para oler el miedo en las mujeres.
Luego miró a Gael