Gael.
La vi encogerse, con expresión sobresaltada, asimilando el peso de mi afirmación.
Cuando las puertas del vehículo se abrieron en el estacionamiento de la clínica, la tomé de nuevo del brazo.
Esta vez no opuso resistencia. Su cuerpo se sentía dócil, quebrado por la revelación a medias y por el miedo que me tenía.
Sin embargo, mientras subíamos en el ascensor, la atmósfera cambió. Me moría de ganas de besar sus lágrimas y decirle que era mentira.
Entramos a la habitación de Maximiliano,