Arya.
—Vaya, Adrián. Sé que eres tarado, pero no imaginaba cuánto.
—Disfruta tu maldito triunfo mientras puedas, perra. ¿Te crees muy lista? Te voy a arrastrar conmigo al fango. ¡Te voy a destruir la vida.
Sostuve el teléfono sin que me temblara el pulso. Maximiliano permanecía de pie junto a los cristales de mi oficina.
—Haz lo que quieras, Adrián. Nadie le va a creer a un delincuente convicto. Estás acabado, tu reputación es basura y tu palabra no vale nada.
—Lo dices de dientes para afuera,