Arya.
Gael no me preguntó nada, al verme llorosa, con la ropa desgarrada y Maximiliano alterado. Lanzó un puño a la mandíbula de Maximiliano derribándolo al piso.
—¡Mal nacido! Ningún Altamirano trata así a una mujer. Mucho menos a Arya.
—Soy su marido, no te metas. —Gruñó Maximiliano desde el suelo.
Gael se inclinó y lo levantó por el cuello de la camisa. La mirada de Gael era la de un león que defiende a su hembra.
—Gael, suéltalo. No hace falta que me defiendas, ¿Dónde está mi hijo? Me lo vo