Con la tensión al límite, los ojos de Maximiliano lo examinaban, Adrián trago seco, su manzana de Adán se movió en forma grotesca.
Sentí un fresco por dentro, el sinvergüenza estaba contra las cuerdas.
Esos dos hombres parecían estar en una guerra silenciosa, a punto de caerse a trompadas. Aunque no habían perdido los estribos, esas miradas decían más que mil gritos.
Yo era la damisela en medio de esa furia de titanes donde la arrogancia de Adrián chocaba contra la dureza de Maximiliano.
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