El viento golpeaba mi rostro con fuerza, arrastrando consigo el olor a tierra húmeda y a guerra inminente. El frío se me colaba por el cuello del abrigo, pero no me importaba. Lo único que tenía en la cabeza era esa maldita carretera frente a mí, la oscuridad rota por los faros que se acercaban, y la imagen de Carttal, tendido en esa cama, respirando como si cada aliento pudiera ser el último.
No iba a dejar que Alexander lo tocara.
No después de todo lo que él hizo por mí.
Apreté el rifle cont