Mundo ficciónIniciar sesiónPasaron unos días como quien voltea las páginas de un libro con cuidado para no arrugar los bordes. La casa se fue ajustando a un nuevo ritmo, más ligero que la angustia de la espera, más lento que el apuro del mundo exterior.
En la habitación, las cortinas estaban entreabiertas para dejar entrar una luz suave por la mañana. Por la tarde, la lámpara lanzaba ese halo dorado que parece calentar las sábanas. Isabella pasaba buena parte del tiempo allí, acostada, amparada por suaves almohadas, obedeciendo al cuerpo que aún pedía descanso. Y, sobre ella, siempre una pequeña constelación con nombre y apellido:
Aurora.
La niña convirtió la cabecera en su territorio sagrado. Tenía un kit







