Las horas se arrastraron con una lentitud agonizante. Elisabetta había pasado de la furia al aburrimiento, y del aburrimiento a una ansiedad que le picaba bajo la piel.
La mancha de café en la pared se había secado, convirtiéndose en un mapa abstracto de su frustración, y los fragmentos de porcelana seguían esparcidos por la alfombra como dientes rotos.
No había intentado abrir la puerta de nuevo. Sabía que Pietro o alguno de los otros gorilas de Nicolo estaría al otro lado, impasible. Se sent