Matteo llegó a Lena como una tormenta.
Sus ojos barrieron el espacio que Ezio acababa de dejar vacío, como si buscara un rastro físico de su enemigo para destrozarlo. Al no encontrarlo, su mirada cayó sobre Lena. Estaba pálida, con los ojos muy abiertos y una mano aferrada al borde de la barra de mármol como si fuera lo único que la mantenía en pie.
—¿Qué te dijo? —exigió Matteo. Su voz era un gruñido bajo, vibrante de violencia contenida.
Lena parpadeó, saliendo de su trance.
Miró a Matteo,