La puerta se abrió justo cuando el sol terminaba de esconderse detrás de los techos del pueblo. El aire nocturno entró primero, trayendo consigo el aroma familiar del bosque lejano, y después ellos.
Kael cruzó el umbral con una mano en la espalda de Lysandra, guiándola con suavidad. Ella sonreía todavía, el cabello un poco revuelto por el viento, los labios ligeramente enrojecidos por los besos compartidos. Pero en cuanto sus ojos buscaron a sus hijos, la sonrisa se transformó en alivio.
—¿Cómo