CHRISTOPER
Maldita seas, Margaret.
Las palabras no dejan de repetirse dentro de mi cabeza mientras conduzco de regreso a la hacienda.
Aprieto la mandíbula y me paso una mano por la mejilla. Todavía puedo sentir el ardor de la bofetada que me dio ante nuestra discusión. No es el golpe lo que duele. Es todo lo que representa.
Golpeo el volante con la palma de la mano. Estoy harto. Quizá, al principio, llegué a quererla. Era una mujer hermosa, inteligente y poseía una facilidad casi sobrenatural p