Esteban se sorprendió ante aquellas pocas, pero pesadas palabras.
—¿QUÉ CARAJOS ESTÁS DICIENDO? ¿QUIÉN CARAJOS TE DIJO AQUELLO?
Esteban, al sentir cómo la vergüenza de hace años lo invadía, no soportó más y la tomó del brazo, jalándola para llevarla a un lugar alejado de tantas miradas curiosas. Mientras que uno de sus escoltas ofrecía un poco de dinero para que los observadores se hicieran los ciegos.
—¡SUEL…! ¡SUÉLTAME! ¡SUÉLTAME! ¿QUIÉN DEMONIOS TE CREES? ¿POR QUÉ ME HACES ESTO? ¿Por qué…