Marina abrió de inmediato sus marrones ojos y los clavó en el hombre que tenía frente a ella y que había pronunciado un título que ya no le pertenecía.
Por un momento se quedó paralizada, trató de hilar la imagen que tenía frente a ella, pues no le entraba en la cabeza y creía que su mente le estaba jugando una mala pasada; sin embargo, todo estaba tan claro como el cielo. Esteban estaba ahí; se maldijo internamente.
—¿Esteban? ¿Qué demonios haces aquí? —preguntó un tanto nerviosa y asustada.