Tal como Efraín lo había dicho, llegó a la habitación de Marina a los 30 minutos. Cuando lo hizo, tocó y casi de inmediato abrió la puerta, quedándose mudo al ver a la mujer que tenía frente a él.
Era evidente que ya no había rastro de la niña que recordaba, ahí había una mujer con calma en la mirada, con una seguridad silenciosa que ella misma desconocía.
El vestido que llevaba puesto apenas insinuaba las líneas de su cuerpo, pero era suficiente para hacer evidente que el tiempo había pasado