En otro momento, aquellas palabras podían haberse clavado en el corazón de Marina de un modo doloroso, pero últimamente ella había ido asimilando que muchas de las actitudes de su hija estaban bien cimentadas por las ideas que Lorena le había podido sembrar.
—¡Cállate, Renata! ¡No le hables así a mamá! ¡Ella es nuestra mamá! ¡Tú no puedes hablarle así a mamá! —expresó Diana apretando sus manitas en un puño.
Marina, al ver la reacción, intervino:
—Renata, Diana, se me calman las dos y se sientan.