Tan pronto como el avión aterrizó, Esteban envió a Lorena a casa, mientras él fue a la oficina, donde sabía perfectamente bien que su padre aún estaba laborando.
—¿Puedo pasar? —preguntó Esteban tragando saliva, pues sabía perfectamente bien que aquella no sería una plática cómoda.
—¿Esteban? ¿Qué demonios haces aquí? ¿Acaso no fui claro? ¿Supongo que fuiste a ver a tu mujer?
—Acabo de llegar a la ciudad y pensé que sería bueno hablar…
—Esteban, veo que aún no ves lo serio que es el problema en