—¡YA BASTA! —gritó Marina, cansada y con lágrimas en los ojos. —Solo quiero ir a casa, solo quiero llevar a mis hijas a casa, ya ahí veré qué hago con ambas.
Marina abrazaba fuertemente a Diana, la soltó por un momento y la revisó, percatándose del fuerte golpe que la niña tenía marcado en la cara.
—¿Qué… ¿Qué te sucedió, Diana? ¿Te pegaste? ¿Te caíste? ¿Qué… ¿Qué ocurrió? —preguntó Marina asustada.
Diana, ya no queriendo más problemas, se quedó callada y solo bajó la cabeza. Renata, por su lado