Elena
La luz del sol de la mañana se filtraba suavemente a través de las cortinas del hotel, tiñendo la habitación de suaves tonos dorados. Me quedé tumbada en la cama, dejando que el silencio me envolviera como una manta, pero mis pensamientos se negaban a descansar. Los acontecimientos de los últimos días se repetían una y otra vez en mi mente: cada sonrisa, cada mirada, cada momento robado con Lucien. Compartir habitación con él había sido extraño al principio, casi asfixiante, pero ahora removía una nostalgia que no podía ignorar. Los recuerdos de la primera vez que nos conocimos, de lo inocente y fácil que todo parecía entonces, volvían con fuerza. Me dolía el pecho de una forma que no esperaba.
La voz de Lucien interrumpió mis ensoñaciones.
«No tienes que venir hoy», dijo, desde el umbral de la puerta, con el traje impecable y perfectamente ajustado, la luz del sol captando el azul de sus ojos. «Yo me encargo de la última reunión y vuelvo para encontrarte aquí. Luego nos prepara