Elena
Desperté envuelta en calor.
No el tipo suave…, sino el que me rodeaba por detrás, pesado y posesivo. Un brazo descansaba sobre mi cintura, una pierna enredada con la mía, un aliento cálido contra la nuca.
Geralt.
Abrí los ojos lentamente; el techo de la mansión Scott entró en foco. Por un breve segundo estuve desorientada. Luego los recuerdos llegaron de golpe, afilados e implacables.
Anoche.
Las manos de Ryder. La boca de Ryder. La forma en que mi cuerpo había respondido sin dudar.
Y después… Geralt. El vino. La habitación de arriba. La manera en que me había dejado caer otra vez.
Se me revolvió el estómago.
Miré al frente, el pecho subiendo y bajando de forma irregular mientras el peso de todo se posaba sobre mí. Dos hombres. Un solo día.
Tragué saliva con dificultad.
—Dios —murmuré para mis adentros—. ¿Qué te pasa?
La vergüenza me subió por la columna, caliente y asfixiante. Por un momento me odié a mí misma. La palabra *puta* se coló en mi mente antes de que pudiera detenerl