Elena
Aparecí en el trabajo luciendo exactamente como me sentía: cansada, estirada al límite, desgastada en los bordes.
En el momento en que entré en la oficina, el zumbido de los teclados y las conversaciones amortiguadas me envolvieron, pero no hicieron nada para calmar mis nervios deshilachados. Mis tacones resonaron suavemente contra el suelo de baldosas mientras avanzaba, con los hombros ligeramente tensos, mi bolso colgando más pesado de lo habitual en mi brazo. Las luces fluorescentes