Ryder
Ryder estaba sentado en el salón de cuero de su ático, con una pierna cruzada sobre la otra y una copa de vino tinto oscuro descansando con soltura en su mano. La ciudad se extendía sin fin más allá de los ventanales que iban del suelo al techo: una cuadrícula enorme de neón y sombras que brillaba bajo la luz del atardecer que se desvanecía. Desde esa altura parecía pacífica, pero Ryder sabía la verdad.
Sobre la mesa frente a él había documentos —acuerdos, números de empresas fantasma, co