Elena
El paso del sueño a la vigilia no fue un deslizamiento; fue un choque. El dolor llegó primero, un latido pesado y rítmico que empezaba en la base de mi cráneo y se extendía por mi columna, instalándose en mis articulaciones como plomo. Solté un gemido bajo y rasposo, intentando cambiar de posición, pero cada fibra muscular parecía gritar en protesta coordinada. Durante un largo y desorientador minuto mantuve los ojos fuertemente cerrados. Intenté anclarme al olor de la habitación: no olía