Elena
No esperé a que nadie me detuviera.
No les di la oportunidad de alcanzarme, de agarrarme del brazo, de razonar conmigo, de suplicarme o de obligarme a volver a esa cama de hospital.
Las puertas automáticas del hospital se abrieron con un suave siseo y el aire frío me golpeó la cara como una bofetada al salir. Mis costillas protestaron con un grito, un dolor agudo atravesándome el costado con cada respiración, y un pulso punzante latía detrás de mis ojos al ritmo de mi corazón, pero obl