Elena
Sharon se encogió de hombros.
Ese pequeño movimiento me hizo algo. Parecía descuidado, casi desdeñoso, pero sus ojos la traicionaban. Estaban vidriosos, inquietos, como si estuviera al borde de algo de lo que había huido durante años. Me incliné hacia adelante sin darme cuenta, los dedos curvándose contra el borde de la mesa, toda mi atención clavada en su rostro.
—Sigue —dije suavemente, temiendo que si apretaba demasiado, volviera a cerrarse.
Inhaló temblorosa. Por un momento no habló.