64.

La mujer dijo que las órdenes venían desde la oficina de Damián y, por un segundo, el mundo quiso volver a ser el mismo infierno de siempre.

Ese infierno donde una frase bastaba para hacerme dudar.

Donde un papel podía destruir lo poco que habíamos armado.

Donde el nombre de Damián aparecía en medio de una mentira y yo tenía que volver a preguntarme si el hombre que estaba frente a mí era víctima, cómplice, idiota o las tres cosas juntas.

Lo miré.

Él también me miró.

No con culpa de novela cara
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