60.

Miré la firma de Mariana Torres y sentí que mi paciencia, que ya venía en muletas, por fin se tiraba por un balcón.

Ahí estaba.

Abajo del supuesto comprobante.

Elegante, curva, conocida.

La firma de una mujer que alguna vez me abrazó mientras yo lloraba. La firma de alguien que me dijo que no me humillara, que no buscara respuestas, que Damián ya había elegido. La firma de una amiga que, según ella, solo quiso protegerme.

Qué palabra tan fea se volvía proteger cuando venía de gente que te dejab
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