53.
El dinosaurio seguía dentro de la caja como si no tuviera la culpa de nada, y tal vez no la tenía.
El problema no era el juguete.
Era la mano que lo había enviado.
Miré la tarjeta una vez más, aunque ya me sabía cada palabra como si me la hubieran tatuado con rabia.
Para mi nieto. Es hora de que conozca a toda su familia. —R.A.
Mi nieto.
Sentí asco de esa palabra en boca de Renata, aunque estuviera escrita con tinta perfecta sobre una tarjeta carísima. Como si un lazo azul oscuro y un dinosauri