18.

El problema con las amenazas de Renata era que nunca llegaban solas. Siempre eran la sombra de algo peor que ya venía caminando.

Me quedé mirando aquel mensaje durante varios segundos, con el estómago apretado y una sensación horrible de invasión. No era largo. No decía nombres. No traía firma. Pero tenía su veneno en cada palabra.

Las guerras no siempre se ganan de frente.

Renata no hablaba por hablar. No era de esas mujeres que enviaban frases misteriosas porque se aburrían viendo novelas tur
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