El sol ya se alzaba sobre La Habana, un manto dorado que barnizaba las fachadas desvencijadas y hacía brillar los coches antiguos varados en el tiempo. Hugo despertó en un nudo de sábanas tibias, la habitación ajena devolviéndole una punzada de irrealidad. Tardó más de lo habitual en registrar la ausencia a su lado. Extendió una mano torpe, buscando la calidez fugaz de la noche anterior, pero solo encontró el frío del lienzo arrugado.
Se incorporó lentamente, el resplandor matutino colándose por