Hugo no podía dejar de mirar. La pequeña seguía allí, sentada en la arena, con los rizos alborotados por la brisa y las mejillas salpicadas de sol. Tenía los mismos ojos grandes que lo habían perseguido en sueños durante años, y la misma manera de fruncir el ceño cuando pensaba con seriedad. A su lado, el niño dibujaba figuras en la arena con una rama. Sus movimientos le resultaban extrañamente familiares: la forma en que torcía la boca, cómo fruncía los dedos del pie mientras pensaba. Hugo sin