Ana llegó a Lisboa con el alma hecha un torbellino. El peso de lo vivido en Cuba la seguía como una sombra, persiguiéndola en cada pensamiento. Decidió quedarse unas semanas, buscando respuestas en la ciudad que siempre le había ofrecido refugio. Pero la verdad era que no tenía un plan. Solo quería caminar, respirar, existir en silencio.
Aquella mañana, sus pasos la llevaron a Rua Augusta sin rumbo fijo. La llovizna reciente había hecho brillar los adoquines, como si Lisboa quisiera reflejarle u