El atardecer teñía de oro las cristaleras del despacho, pero Hugo apenas lo notaba. De pie junto al ventanal, los dedos crispados alrededor de una copa de vino que no había probado, contemplaba desde lo alto el murmullo vibrante del club que se preparaba para la fiesta de fin de año. Desde allí, todo parecía tan lejano, tan ajeno. Hasta que sus ojos se posaron en una escena que lo desarmó por completo.
Allí, en una de las mesas junto al bar, estaba Ana. Su Ana. Aunque ya no lo era. Reía, con es