La mañana era fría y la escarcha cubría los ventanales de la abadía como una capa de cristal quebradizo. Eira, envuelta en su hábito, se inclinó sobre un hombre inconsciente que yacía sobre una cama de heno, junto a la gran chimenea del ala oeste. Llevaba ahí desde la noche anterior, cuando llegó medio congelado, golpeando con fuerza las puertas principales. Entienne, con su rostro rígido, no se había separado de ella ni un instante.
—No puedes quedarte sola con él, no sabemos quién es —gruñó E