Nicola
Valentina acababa de salir de la casa y mi instinto me gritaba que la siguiera.
No podía soportar tenerla lejos, no después de todo lo que había pasado. Pero al mismo tiempo, el peso de todo lo que ella había hecho seguía doliendo en mi pecho.
Lorenzo caminaba de un lado a otro, inquieto, con una tensión que me recordaba a un león enjaulado. Finalmente, rompió el silencio.
—Nicola, tenemos que irnos de aquí, —dijo con la voz baja, urgente, como si temiera que hasta las paredes estuvieran