Valentina
Llegamos a la cama, y, en un solo movimiento, ambos caímos sobre el colchón, su cuerpo aún sobre el mío.
El impacto fue suave, el deseo que lo acompañaba era implacable, un hambre que Nicola no se molestaba en ocultar.
Sentía su fuerza, su control, y al mismo tiempo su desesperación, como si cada segundo sin moverse fuera un castigo que no podía soportar.
Sus ojos se clavaron en los míos, ese azul profundo que tantas veces me había advertido que Nicola era un hombre peligroso, uno que