Elara no respondió de inmediato. Tenía la espalda pegada a la piedra fría y los ojos fijos en el pecho acorazado de Rhevan, que subía y bajaba con una respiración agitada. La calidez de su mano todavía se sentía como una marca de fuego en la suya.
—Tenía que verla, Rhevan... —logró articular ella, con la voz quebrada—. Tenía que devolverle algo que le pertenecía.
Rhevan soltó una risa amarga y seca, golpeando la pared con el puño, justo al lado de la cabeza de Elara.
—¿Y valía la pena morir por