El estruendo de la armadura de Kael contra las piedras del patio resonó como un trueno, silenciando de golpe las burlas de la bruja y los susurros de la multitud. El Alfa Supremo se aferraba la cabeza con ambas manos, hundiendo los dedos en su cabello mientras un gemido de pura agonía escapaba de sus labios apretados.
—¡Señor! —gritó Rhevan, reaccionando con la rapidez de un rayo.
El capitán se lanzó hacia él, rompiendo la formación de los guardias. Sus manos enguantadas sujetaron los hombros d