Kael descendió a las mazmorras con una parsimonia aterradora. El aire allí abajo era rancio, cargado de salitre y el olor metálico de la desesperación. Aylén lo seguía de cerca, sintiendo que el frío de las paredes de piedra se le colaba en los huesos, mientras Rhevan mantenía una mano en el pomo de su espada, alerta a cualquier truco que la anciana pudiera intentar.
Cuando llegaron a la celda de hierro, la bruja estaba sentada en el suelo, con sus harapos extendidos como las alas de un buitre