El sendero que Kael siguió no estaba marcado por piedras ni por pasos visibles, pero Aylén pronto comprendió que el bosque mismo se abría ante ellos. Las ramas parecían apartarse lo justo, las raíces no estorbaban, y el suelo se sentía extrañamente firme bajo sus pies, como si aquel lugar reconociera la unión que acababa de sellarse y decidiera protegerla.
Aylén caminaba a su lado en silencio, aún con el corazón acelerado. Sentía la mano de Kael sosteniendo la suya con una seguridad constante,