El silencio que siguió a las palabras del anciano no fue vacío. Fue denso, cargado de significado, como si el bosque entero estuviera terminando de aceptar lo que acababa de sellarse. Durante unos segundos, nadie se movió. Nadie habló. Incluso los invitados parecían contener el aliento, conscientes de que aquel no era un final, sino un umbral.
Fue Aylén quien reaccionó primero al darse cuenta de ello.
Sintió un calor suave recorrerle el pecho, justo donde se marcaba su condición, esa marca que