Aylén tardó en darse cuenta de que estaba sonriendo. No fue una sonrisa grande ni inmediata, sino algo lento, casi tímido, que se le formó mientras caminaban juntos por los pasillos del palacio después de aquella conversación en el jardín. Cada paso que daba sentía que el suelo bajo sus pies ya no era el mismo de antes. No porque el mundo hubiera cambiado, sino porque ella empezaba, por fin, a ocupar un lugar en él.
—Nunca he planeado nada importante —confesó de pronto, rompiendo el silencio—.