La lluvia seguía cayendo a cántaros, y Sienna apretaba el volante del auto tan fuerte, que sus nudillos blanqueaban con el agarre. Consiguió llegar en una sola pieza hasta el estacionamiento del edificio y dejó parqueado a su destartalado vehículo en cualquier lugar, para luego echar correr hacia dentro tratando de evadir a la lluvia, pero fue imposible. Así como era imposible zafarse de todo su infortunio personal.
Se quedó de pie en la puerta, con la mirada perdida en la lluvia que oscurecía