Durante los dos o tres días que siguieron, Sienna observaba desde la silla junto a la ventana, a menudo fingiendo estar dormida o absorta en su teléfono, pero en realidad, absorbiendo cada interacción. Veía la forma en que Leo inclinaba su cabeza para escuchar las respuestas apenas audibles de Ethan, la paciencia infinita con la que acomodaba los botones del pijama del niño o le ajustaba la manta.
No había un ápice de obligación en sus gestos, sino una ternura genuina, un afecto que parecía surg