Amaro envolvió en una toalla a Agustín y lo meció en sus brazos mientras lo secaba. El niño no paraba de balbucear, probablemente contándole lo que había hecho durante el día.
—¿Y qué hiciste después de ver a los conejos?
Agustín respondió con un balbuceo que sonó como «Aghhhwoooobrrrrr».
—Vaya, eso es mucho más divertido de lo que hice yo en la oficina. ¿Y qué hizo Alma?
El relato de Agustín se llenó de emoción; sus ojos se abrieron de par en par y agitó las manos, pataleando como si quis